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“...cuando
un ejercito de Ángeles
se pasea por el cielo,
lo único que se ve son las alas,
que algunos llaman nubes...”
(Ruvalcaba E.)
Faltaba
poco para el amanecer, y ella ya se encontraba ahí, sentada sobre
un cómodo y enorme colchón blanco, intentando cepillar su
enorme cabello negro y rizado. Mientras con una mano acariciaba su cabello,
con la otra lo cepillaba; y mientras cepillaba su cabello, pensaba con
cierta tranquilidad y preocupación a la vez. También, mientras
se cepillaba el cabello y pensaba, observaba y disfrutaba el amanecer;
le gustaba observar los distintos colores y tonos que el cielo dejaba
ver, mientras el Sol se decidía a salir, y su vez le gustaba escuchar
los sonidos de algunos animales que parecían anunciar el amanecer,
el inicio de un nuevo día.
Ella
se encontraba desnuda, con lo cual dejaba ver su piel, que era extraordinariamente
blanca y muy suave; en ella se dejaban ver una gran variedad de estrellas
negras por todo su cuerpo (comúnmente llamadas lunares, pero más
que lunas son estrellas). Realmente su cuerpo parecía un enorme
universo lleno de estrellas, las más sobresalientes y brillosas
eran definitivamente sus ojos: cada uno era como dos enormes Soles que
iluminaban y calentaban el resto de su cuerpo; pero en realidad era su
corazón el que lo llenaba de calor y vitalidad. A su vez, cada
zona, cada rincón, cada extremidad de su cuerpo, era como un planeta,
misterioso e interesante, que invitaba a ser explorado; pero el planeta
al que se le debía tener un cuidado y respeto especial, por ser
altamente ardiente y místico, eran sus labios: gruesos y lubricados,
muy sensuales y colorados; esa zona del cuerpo en el que muchas personas
podrían perderse, pues después del contacto de un esperado
beso, su vida podría cambiar radicalmente.
Asimismo,
ella proyectaba una paz y tranquilidad que en la actualidad es difícil
de encontrar; además se mostraba muy tierna, y cada uno de sus
movimientos los hacia con mucha sutileza y cuidado.
Este
era el panorama que se podía apreciar de ella por las mañanas:
cepillando su enorme cabello negro y rizado, y pensando en sus actividades
del diario, en cómo se sentía, en qué es lo que le
gustaría hacer, en las personas a las cuales le gustaría
conocer o al menos acercarse un poco a ellas; pero sabía que eso
era imposible, ya que su trabajo se lo impedía, pero no se quejaba
porque sabía que las cosas así tenían que ser, y
había aprendido a disfrutarlo así.
De
esta forma, había llegado el momento de partir, de hacer el trabajo
que día con día desempeñaba desde hace bastantes
tiempo; entonces se levanto del enorme colchón blanco y extendió
sus enormes alas, así como el resto de su cuerpo. Era impresionante
ver la extensión de sus alas como de su cabello, y como irradiaba
vitalidad y ternura, así como dureza y firmeza. Así aquel
Ángel se dirigía a cumplir su misión, a cuidar a
aquellos seres terrenales que día con día, de una forma
muy absurda, se lastimaban unos con otros; y a los cuales día con
día, tenía que buscar la forma de darles una razón
más para vivir y, porque no, para dejar vivir.
Learsi
Marzo-02
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